Crítica

Las opiniones más controvertidas sobre lo mejor y peor del cine.

Actualidad

Todas las novedades en cine y series.

Series

Gran variedad de contenidos en todo tipo de series.

Podcast

Si te perdiste los programas de Expediente Altramuz en directo desde Radio Carcoma, ahora los podrás disfrutar en formato podcast.

Archivo

El cajón de lo ya comentado en series y películas.

Telebasura

La sección con toda la mugre televisiva.

Cobra Kai y el regreso al pasado por DaviOne

 Cobra Kai y el regreso al pasado

Son ya muchas veces las que en el pasado dije, tanto en la radio como en anteriores artículos, que la nostalgia vende bien. Vivimos en una época convulsa, ya no en los últimos meses, cuando nos azotó con dureza la pandemia del COVID-19, sino que podría hablarse de hace bastante más, concretamente unos veinte años. El año 2000 no sólo fue un punto de inflexión donde todo empezó a tomar un aire diferente. La tecnología ha avanzado muchsímo en estas dos últimas décadas, casi ni somos conscientes de la velocidad a la que cambian nuestras vidas y lo mucho que los hábitos varían. Es cierto que poco antes, en los 90´s, ya asomaban ciertos aspectos de innovación, pero todavía quedaba algo de épocas anteriores, cuando los teléfonos móviles eran posesión de unos pocos y eran máquinas sosas y aburridas que sólo servían para hacer llamadas, caras, por cierto, ya que entre fijos y móviles, si lo recordáis, se diferenciaban las tarifas. Poco después, los SMS se instauraron como un nuevo sistema de comunicación, y fue evolucionando más con la llegada de Internet y los smartphones. Sí, ya hablábamos a distancia mediante texto, el MSN Messenger existía, pero se limitaba a ciertos lugares con un ordenador y conexión a la red. Te ibas de casa o salías de tu habitación y eras libre. No éramos conscientes de esa libertad, ya que no habíamos conocido otra manera de vivir: "quedamos a las seis en Callao", y ahí estabas tú, esperando a los que llegaban tarde, buscándolos por todas partes si no aparecían y, en definitiva, rezando porque no te dejaran vendido sin avisar horas antes. Como decía, los tiempos han cambiado. Incluso la manera de concebir la vida y las costumbres. Veo a gente en el cine hablando por Whastapp o grabando conciertos bajo el escenario, desconectando de la actividad en sí por la que han pagado para informar a sus followers de Instagram de lo guay que se lo están pasando. Hemos convertido el hecho de nuestro propio disfrute en una pantalla abierta a las demás personas para hacer ver que estamos "disfrutando" de algo sin realmente llegar a hacerlo. En definitiva: nos preocupa más aparentar que complacerse. Las redes sociales se han convertido en laberintos de identidad donde cada uno vende y expone su intimidad a cambio de likes, moneda anímica con la que te pagan, mientras los propietarios de dichas plataformas se enriquecen gratiutamente con tu contenido. Es como si escribes un libro, y tú, lejos de cobrar por sus ventas, no te llevas nada y la editorial se guarda toda la pasta. Más o menos así, pero con tu vida, tu familia, amigos o mascotas. Da mal rollo.

Pero hubo un tiempo en que nada de esto existía. Al cine se acudía a ver una película y alucinar hasta la aprición de los títulos de crédito. Los pasillos, abarrotados de espectadores que llevaban meses esperando aquel evento, se llenaban de luz, risas y comentarios. Los suelos, inundados de palomitas y refrescos, mostraban que había sido un gran día en aquellas salas de cine, ahora casi olvidadas por los grandes multicines actuales, lugares sombríos y sin alma. Se pasaban semanas comentándose las sagas, los gags humorísticos y las peleas de sables láser, las batallas de Bruce Lee y las conspiraciones de Wall Street. Se vivía el cine de verdad, al igual que el resto de espectáculos. La cultura actualmente está en peligro, pero quizá no sólo esta maldita enfermedad que asola el mundo tenga la culpa, sino también hemos sido cómplices del asesinato de ésta. Le dimos la espalda y no la valoramos como se debía. Es por ello que hoy quería dedicarle unas líneas a la serie Cobra Kai, de la cual me he enamorado irremediablemente, y sé que será un romance que puede durar toda la vida.

En 1984 llegó a las salas de cine The Karate Kid, o sencillamente: Karate Kid, como se tituló en España. Forma parte de esa época en la que el cine tocó techo de esplendor, cuando no se miraba con lupa cada detalle o cada fallo, y el público sencillamente se dejaba llevar, disfrutaba y no se pasaba el metraje completo dándole forma a la crítica más destructiva posible que, a la postre, redactaría en un foro de Internet. Es así, yo veo con asombro a tantísima gente cerca de mí en las salas tuiteando detalles de la película durante la proyección, alimañanas sedientas de sangre que únicamente acuden a los visionados para morder la yugular del director, reparto, guionistas y resto de formación, y ensañarse posterioremente para, ¿sabéis qué?, conseguir likes. Pero volviendo a lo que iba, el estreno tuvo buena acogida, y la gente salía flipando de las salas. No hay nada más ochentero que la mitad de la década, ya que un año después pudimos ver: Regreso al Futuro, Los Goonies o Rocky IV, entre otras anteriores y posteriores como: Gremlins, El chip prodigioso o Indiana Jones y el templo maldito. Karate Kid formaba parte de lo que aquí se denominaba: "Cine Familiar", un concepto bastante curioso que englobaba películas con un contenido violento y lenguaje explícito, sin caer en la maldita censura de lo políticamente correcto que se vive en los tiempos actuales. Todo valía, y era perfecto tal como era. Pero sí, ésta no era una película muy violenta, además, nos hablaba del honor, de la superación personal y de cómo ser íntegro, eso sí, partiéndole la boca a tu rival. Molaba mucho. Si bien es cierto que sus secuelas no estuvieron a la altura de la original, sin mencionar su cuarta parte: El nuevo Karate Kid, con una Hilary Swank muy joven y poco agraciada interpretativamente en esta ocasión, terminó de agotar una saga que tenía que haber finalizado en su primera entrega, o eso pensaba yo.

 

Cobra Kai llegó para demostrarme que me equivocaba.

Lo hizo, vamos que si lo hizo. Tengo que reconocer que cuando me ponen un producto nostálgico, soy el primero en caer, me vuelvo el tío más fácil del mundo y me dejo deleitar por aquello, que si bien en ocasiones me ha decepcionado, otras muchas me transporta a una época que por mi nacimiento en 1989, no viví como tal, pero sí he sabido valorar y apreciar por todo el contenido que dejó. La serie es una oda a la melancolía por los tiempos pasados, por las parejas que se fueron, por los coches macarras, por un género que se estancó debido a una exigencia enfermiza del público, por el Rock N Roll y por todas aquellas mañanas de instituto que soñábamos con escapar de él y que ahora muchos pagaríamos todo nuestro patrimonio por volver a aquellos años. Es un producto realizado desde el cariño, por y para fans de las películas, con constantes easter eggs para que descubramos y saboreemos. Es fácil identificar cuando algo se hace con apego o se construye con, únicamente, intenciones comerciales. No digo que no tenga un valor monetario, por supuesto que lo tiene, ¿y qué no?, pero hay muchas formas de hacerlo y para mí, ésta es la acertada.

El tiempo es el enemigo de todos. Si casi cuarenta años antes nos mostraron la parte amable de la vida, el pequeño contra el grande, David contra Goliat, la superación del bien frente al mal, que eran conceptos muy diferenciados en aquellos tiempos, sí hay algo bueno en la época actual con respecto al pasado, ya que se elaboran guiones en los que se marcan más matices. Es decir: ni el bueno es tan bueno, ni el malo tan malo, en especial cuando nos hacemos mayores. En la serie nos muestran cómo aquel combate final de Karate Kid marcaba sus vidas hasta la fecha, el vencedor, Daniel LaRusso, un importante magnate de la venta de coches en El Valle de Los Angeles, y el perdedor, Johnny Lawrence, el chico de mantenimiento de los ricachones de Beverly Hills. Pero la trama dará para mucho más que el conformismo, y nos mostrará la cara más perversa de los roles establecidos del que se cree íntegro y el que debería no serlo. Los papeles protagonistas están a cargo de nuevo para los actores originales: Ralph Macchio y William Zabka, detalle importante, ya que le otorga ese toque añejo de verdad, a lo Boyhood, de Richard Linklater, y una sensación de que ha pasado el tiempo, pero a su vez, es como si nunca se hubieran ido. También posee diversas tramas, tanto humorísticas como dramáticas, además de una muestra de cómo la lealtad a una institución te puede hacer perder la cabeza cuando rebasas los límtites, de alguna manera, con ciertas similitudes con la magnífica película: La Ola, de Dennis Gansel. La rivalidad exagerada entre Dojo Miyagi y Cobra Kai revivirá recuerdos en los protagonistas y todos aquellos que, de algún modo, siempre hemos soñado con hacerle la grulla al matón del colegio. Esta serie deja por los suelos lo que nos habían intentado enseñar en su película original, nos deja ver esa escala de grises que hay entre ambos mundos, el yin y el yang.

Con orígenes en YouTube y recientemente adquirida por Netflix, quienes han publicitado como es debido y han provocado el boom actual, nos dejan al alcance una gran serie que podéis disfrutar con escasa media hora de duración por episodio, se hace de lo más divertida, perversa, ingeniosa y ágil. Es pura nostalgia en vena, que es para lo que está concebida. Pero, os pediré algo: sencillamente, dejaos llevar por ella. En el momento en que se entienda para lo que fue creada, todo fluirá. No es un producto para analizar, sencillamente para gozar a los niveles que lo hicieron aquella generación de las Atari.

Y ahora pregunto: ¿eres de Miyagi-Do Karate o Cobra Kai?

 

Autor:
https://twitter.com/DaviOneEA

1 comentarios:

  1. cobra kai claro, menudos niñatos los miyagis esos. gracias por el artículo

    ResponderEliminar

¡Escribe tu comentario altramucero!